El Diálogo del Sol con la Sombra

Este cuadro de los Jardines de Aranjuez no es solo la captura de un paisaje real, sino una geografía emocional que narra la travesía de una vida dedicada a la creación. La obra se despliega como una crónica visual donde cada elemento del jardín actúa como un símbolo del devenir.

El camino no está hecho de tierra, sino de instantes capturados. Es una alfombra de monedas de oro que el otoño —o quizás un mediodía eterno— ha dejado caer entre los setos. En esta hilera de árboles, el tronco no es madera, es el pulso vertical que sostiene un cielo de hojas, una bóveda donde el verde se vuelve amarillo y el blanco se hace silencio.


Un Refugio para lo Invisible

Hay un orden sagrado en este jardín: la geometría de los árboles protege el desorden luminoso del suelo. No hay líneas duras, solo la mancha que construye el volumen. Es el tipo de luz que no solo ilumina los objetos, sino que parece nacer de ellos, como si cada hoja fuera un pequeño espejo devolviendo el calor del día. En esta pieza, el camino central no es simplemente un sendero físico; es la columna vertebral de una trayectoria. La perspectiva, tan marcada y profunda, evoca el paso del tiempo en una carrera que ya suma décadas de observación y oficio. No es un camino despejado, sino uno pavimentado por fragmentos de luz —pequeños triunfos y descubrimientos técnicos— que se acumulan en el suelo como hojas de otoño.

Es una invitación a caminar sin prisa, donde la perspectiva no solo nos lleva al fondo de la imagen, sino al fondo de un recuerdo. La técnica, ese puntillismo vibrante, nos recuerda que la realidad es un conjunto de átomos de color, una suma de pinceladas que solo cobran sentido cuando nos alejamos un poco para mirar con el corazón.


En los márgenes de este gran camino, entre los setos sombreados, se intuye una vida secreta. Es ahí, en la penumbra fértil del jardín, donde reside el detalle minucioso, ese interés por lo pequeño y vital. 

La obra sugiere que, aunque el camino principal es el que guía la vista, la verdadera riqueza del ecosistema creativo se esconde en los matices, en los rincones donde la naturaleza respira en silencio.

Es una obra de madurez donde la técnica no busca impresionar, sino revelar la quietud de quien ha aprendido que el arte es, ante todo, un paseo bajo la luz adecuada.

Miguel Lozano